La Duda Universal Como Método
La transición de la sociedad medieval al mundo moderno trajo consigo modificaciones de las formas de la conciencia social. Modificaciones mediadas, sin duda alguna, por acontecimientos de orden cultural, tales como el Renacimiento, el movimiento del Humanismo y la Reforma Protestante (Martín Lutero, 1438-1546).
A nivel filosófico, descartes (1596-1650) constituye el representante más genuino del momento, en los albores de la modernidad. Con él se hace explícito el viraje de la reflexión, filosófica hacia la subjetividad y se re-actúa, por decirlo así, desde ésta, la pregunta por el fundamento (pregunta por excelencia de la filosofía). En la crisis del mundo medieval y de su forma de racionalidad, la pregunta que interesa es la del fundamento de la verdad. ¿Es posible la verdad? ¿Cómo obtener alguna verdad tan indudable que sirva de fundamento a todo saber? En la primera parte del Discurso del Método, comienza descartes manifestando su gusto y predilección por las matemáticas, a causa de la certidumbre y evidencia de sus razones. Habiendo llegado a un estado de incertidumbre total, se ve en la necesidad de eliminar todas las opiniones anteriores, para reformar sus propios pensamientos y articularlos de nuevo sobre bases sólidas. El problema del método se le vuelve prioritario. La duda consiste en una suspensión de todo juicio que afirme o niegue la verdad de una idea, sin que ello conlleve a la negación de la existencia de las cosas de los objetos sensibles. Debo dudar de todo. Esta duda ha de ser real y no ficticia, metódica y no definitiva (actitud provisional para hallar alguna evidencia fundamental), positiva (hay razones para no dar el asentimiento), especulativa (las creencias religiosas y las practicas se mantienen), y universal (debo de dudar de todo); inclusive, de los conocimientos matemáticos, puesto que como no sé nada de mí mismo, ni de mi origen, puede haber un “genio maligno” que se haya propuesto procurarme conocimientos ciertos, sólo en apariencia, pero que están lejos de ser verdaderos. Debo, en consecuencia, dudar del mundo, de mis sentimientos, de mi cuerpo, etc. “Mas, inmediatamente después me fije que mientras yo quería pensar así que todo era falso, era preciso que o, que lo que pensaba, fuera algo. Y advirtiendo que esta verdad: yo pienso, luego yo soy era tan firme y segura que no podía conmoverla todas las demás extravagancias de los escépticos, juzgue que podía admitirla sin escrúpulo como primer principio de la filosofía que yo buscaba”. El proceso de esta reflexión podría esquematizarse de la siguiente manera: pienso… existo. Primero es el pensar y luego el ser que se descubre en el pensar. “Conocí de ahí que yo era una sustancia cuya total esencia o naturaleza no es sino pensar… de suerte que ese yo, es decir, el alma por el cual soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo”. Así la conciencia del yo, que es el pensamiento, se constituye en la verdad primera. Sobre ella se deberán fundamentar todos los demás conocimientos. Esta certeza primera e indispensable lo es por cuanto es evidente. De donde puedo deducir que lo que veo clara y distintamente es verdadero; la verdad es certeza (certitudo), tal es el criterio de verdad, único al que pueda adherirme. No se trata de una evidencia subjetiva, puesto que la percepción clara y distinta se basa en la idea clara y distinta. Así ha logrado forjarse Descartes el primer principio y la primera verdad. Su deducción no es fruto de un silogismo sino de una intuición. El “cogito ergo sum” vendría a significar: mientras pienso existo. “Por intuición, nos dice Descartes, entiendo, no el testimonio fluctuante de los sentidos o el juicio falaz de una imaginación incoherente, sino una concepción del puro y atento espíritu tan fácil y distinta que no queda en absoluto duda alguna respecto de aquello que entendamos”. El sujeto que intuye es el espíritu desvinculado de todo cuerpo. La intuición es siempre clara y distinta; esta al abrigo de toda duda y nace sola de la luz de la razón. En la idea del yo se trata de algo indudable, intuido, infalible e innato. Ha sido impuesta por Dios. De esta manera la búsqueda del fundamento de la evidencia lo conduce a ala afirmación de Dios, sin que encontremos en ello un circulo vicioso, puesto que la evidencia del “pienso” y la idea de “Dios”, son dos aspectos de una misma idea en la que se intuye su objeto (autoconciencia) y su origen (Dios). La idea de Dios surge en el “cogito”. Sólo el ser perfecto realmente existente es causa de la idea del ser perfecto que hay en nosotros. Idea que nace al considerar que todo lo que en nosotros es cierto, debe proceder de un ser perfecto e infinito…luego, Dios existe y es infinitamente bueno, sabio y verdadero. No me engaña, y por lo mismo que no me engaña, sé que puedo asentir también a mi inclinación natural, según la cual existe el mundo de manera objetiva y real
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